Harriete Thompson ha sido la persona de mayor edad en completar la maratón de San Diego con 92 años. Su actividad física a través del ejercicio y su profesión como pianista le permitió tener un cerebro ágil y protegido ante el deterioro cognitivo. Otro caso llamativo es el de Johanna Quaas que, con 90 años, muestra su flexibilidad y fuerza en el desempeño de habilidades gimnásticas, aunque lo que más destaca es su agudeza mental.
En la actualidad nos enfrentamos a dos enfermedades neurodegenerativas con un elevado impacto en las funciones cognitivas: la demencia y el alzheimer. En ambos casos, aceleran los procesos de envejecimiento progresivo que afectan a situaciones de la vida cotidiana. Sin embargo, cada vez son más los estudios que nos muestran el papel del ejercicio físico, no solo como protector de la salud, sino como protector frente al deterioro cognitivo. Es como si nuestro cerebro fuera un vaso. Cada persona nace con un vaso de diferente capacidad, y este se va llenando a lo largo de la vida en función de la educación, las relaciones sociales, la emociones, los hábitos higiénicos y nutricionales, así como el ejercicio físico. Según envejecemos, ese vaso se va vaciando, teniendo una mayor pérdida si además padecemos alguna enfermedad neurodegenerativa. Si el vaso no se ha llenado adecuadamente a lo largo de la vida, la pérdida es más sustancial, notándose rápidamente los efectos del deterioro cognitivo. Por el contrario, si el vaso se ha llenado debido a un estilo de vida saludable y activo, el envejecimiento no tendrá tanto impacto a nivel cognitivo.
La importancia de la reserva cognitiva radica en la capacidad del cerebro para resistir el envejecimiento y los daños asociados, así como adaptarse a los cambios que conlleva. Esta capacidad permite explicar por qué algunas personas pueden tolerar mejor una carga elevada de patología cerebral presentando menos síntomas clínicos de demencia. Por ello, el ejercicio físico es uno de los mejores aliados en el desarrollo de la reserva cognitiva.
En este sentido, el ejercicio físico ha demostrado una mejora de la plasticidad neuronal, formando nuevas sinapsis (sinaptogénesis) y regenerando conexiones neuronales (neurogénesis). Los estímulos del ejercicio físico se han demostrado a través del ejercicio aeróbico en el aumento del factor neurotrófico derivado del cerebro, proteína que permite la supervivencia y crecimiento de las neuronas. Asimismo, la actividad física regular reduce los niveles de citoquinas inflamatorias y de estrés oxidativo, contribuyendo a proteger frente a la neurodegeneración. Por otro lado, el ejercicio físico moderado ayuda a la mejora del flujo sanguíneo y la oxigenación a nivel cerebral, mejorando la reserva cerebrovascular y aumentando la capacidad de los vasos sanguíneos para responder a la demanda metabólica del cerebro. Esto favorece la eliminación de toxinas y proteínas dañinas, algunas de ellas relacionadas con el Alzheimer como la beta-amiloide.
El papel del ejercicio físico no solo se limita a estos efectos beneficiosos, sino también tiene efectos directos en la morfología del cerebro. Aumenta el volumen del hipocampo, región cerebral que juega un papel clave en la memoria y el aprendizaje. También incrementa el volumen de la sustancia gris, mejorando la conectividad entre las regiones cerebrales y el rendimiento cognitivo en la vejez. Además, el ejercicio físico produce una mejora de las funciones ejecutivas como la planificación y la toma de decisiones, así como la memoria a la hora de procesar la información.
Por todo ello, la evidencia científica es clara en cuanto a la importancia de la actividad física en la salud del cerebro. Promover estilos de vida activos desde edades tempranas y mantener hábitos de ejercicio durante la vejez pueden ser clave para garantizar una mejor calidad de vida y un envejecimiento saludable.
Fuentes;
. https://elpais.com/salud-y-bienestar.
